ANTROPOCALYPSE
Texto: Marcos Vinagrillo
Fotografías/Ilustraciones: @caracolsaurio_art
Publicada el domingo 26 de julio de 2026 en la columna Crónicas del Antropoceno en el periódico EL INFORMADOR.
27 de julio de 2026

“…y las ciudades se desplomaron, todas las islas huyeron y las montañas no se hallaron. Desde el cielo cayeron grandes granizos con el peso de un talento y los hombres blasfemaron contra Dios…” (Apocalipsis)
¿No les parece por lo menos curioso, que muchas películas taquilleras sean apocalípticas? Soy Leyenda, Avatar, Mad Max, Endgame, Jurassic World, Titanic y hasta Lluvia de hamburguesas, recrean momentos de destrucción masiva donde la humanidad o la vida misma son aniquilados. Sin embargo, ni siquiera Juan de Patmos quien introdujo la palabra apocalipsis en nuestra cultura, la planteó desde el fin de la vida, sino como la “revelación” de lo nuevo, de lo vivo y del futuro. Pero nos duele tanto lo que nos quita la muerte que somos ingratos con todo lo que nos deja y quizá por eso la saga de la vida Terrícola se cuenta en 5 precuelas enfocadas en la extinción.
Luces apagadas, con ustedes: “Las 5 grandes extinciones de la vida en la Tierra, el musical”:
La primera gran extinción, del Ordovícico-Silúrico, enfrió a los invertebrados permitiendo que aparecieran nuevos peces con mandíbulas, cosa indispensable para comer palomitas. Un aumento del CO2 en la extinción del Devónico Tardío favoreció la fotosíntesis e impulsó a las plantas a inventar las semillas y a los anfibios a explorar donde germinan. El caos volcánico del Pérmico-Triásico creó montañas y nuevos reptiles hasta la aparición de los primeros mamíferos, ¡que aún nacían de huevo! Como los ornitorrincos. Las especies #teamfrio no sobrevivieron al calor que hizo durante el Triásico-Jurásico, época del boom de los insectos y de grandes estrellas del cine como el Tiranosaurus rex. La entrega más taquillera sería la extinción del Cretácico-Paleoceno porque un meteorito cayó, en dónde más sino (en) México, iniciando la era de las plantas con flores y de los mamuts, perezosos gigantes y tigres dientes de sable que nos trajo hasta la época humana (y sus consecuencias), la que llamamos la sexta gran extinción “El Antropoceno y las reliquias de la muerte”.
Sin lugar a dudas, cada vez que pavimentamos nuevas calles de la ciudad, lo hacemos a costa de la vida original del suelo, pero eso no significa que el cemento sea estéril. Si, destruimos, pero no por derecho, ni por destino, simplemente porque estamos vivos, tenemos necesidades y como decía Leonardo: “la necesidad es maestra y guía de la naturaleza”.
Para bien o para mal, la humanidad también crea vida, además de por necesidad (de mazorcas más grandes y nutritivas), por deseo (de dalias con más pétalos y perritos más abrazables), por curiosidad (de ver un gato bioluminiscente), por ignorancia (de las consecuencias de liberar peces del indopacífico en arrecifes del caribe), por urbanizar (creando hogares inesperados para las palomas y las ratas), por remordimiento (de haber extinto al tigre de Tazmania antes de tiempo) y hasta por avaricia (de patentar seres transgénicos para bienes privados).
Compartimos con el meteorito la rareza y la grandeza, pero a diferencia de él, tenemos la oportunidad de dirigir la sexta gran extinción desde un enfoque violento al estilo de Tarantino o bien desde la introspección de Sofía Coppola. Hagámonos responsables de las vidas que quitamos tanto como las que creamos o por lo menos paremos lo que parece la peor secuela de Sharknado: una relación con la biodiversidad entre lo terrorífico, lo ilógico y lo chusco.


